lunes, 14 de octubre de 2013

Rebeldía y constitución del sujeto femenino en la obra de Julieta Kirkwood

Por Lorena Armijo Garrido




Julieta Kirkwood (Chile, 1937-1985) comienza uno de sus textos titulado Feminarios (1987) retomando una reflexión de Simone de Beauvoir (1977) que ha llegado a convertirse en la columna vertebral del pensamiento feminista contemporáneo. La filósofa francesa señala que sólo la mujer ha tenido el problema de preguntarse por el significado de su condición; cuestión contraria sucedería con el hombre, quien desde tiempos inmemoriales y arrogándose la neutralidad científica, se ha nombrado a sí mismo como representante del ser humano. En él confluyen las preguntas y repuestas, utopías y realidades de la civilización occidental en un universo de significados, suficientemente denso frente a la comunidad de valores y bastante poroso a los disensos entre hombres. Esta revelación desencadenó primero la ruptura del silencio de las mujeres y, posteriormente, las posibilidades de transformar su posición desventajada.

Para el pensamiento feminista, el problema de la constitución del sujeto femenino nace de la ausencia de una definición de sí misma que sea satisfactoria, llegando a convertirse en una búsqueda permanente y en ocasiones hasta agotadora de la propia subjetividad. No se trata únicamente del deseo de contar con una identidad o discurso asentado en la diferencia sexual, sino también de instalar la subjetividad como proyecto racional, vivencial, emocional y político más allá de las esferas y ámbitos de la vida comúnmente conocidos por las mujeres. Las innumerables reflexiones sedimentadas tras décadas de ideas, enfoques y líneas de pensamiento han dislocado la clásica definición de ‘mujer’ replanteándola en una categoría teórica-política feminista con múltiples significados.

Los aportes a la construcción del sujeto femenino han permitido la inclusión de nuevas dimensiones en el conocimiento, y en la acción política desde las interrogantes propias de cada generación. Un gran inicio fue la idea de ‘política de localización’ de Adrienne Rich (1985) cuestionadora de la versión universal y abstracta del sujeto situando al cuerpo en la contingencia de la experiencia vivida a partir del color de la piel, el sexo, la cultura, la clase, el lugar. Donna Haraway (1995) avanza otro tanto al señalar que no sólo la topografía de la subjetividad es multidimensional, sino también su visión de ella. De ahí que su escritura feminista del cuerpo tenga una perspectiva parcial, ‘situada’, y por sí misma prometedora de objetividad. Más tarde Rosi Braidotti (2000) propone la figura del sujeto nómade que ha renunciado a toda idea y deseo de lo establecido transitando sin una unidad esencial y contra de ella.

Antes que esas autoras, Julieta Kirkwood entendía que el conocimiento de la experiencia femenina se obtiene a partir de sus propias protagonistas y de la interacción cotidiana en lugares como talleres, seminarios y jornadas de reflexión. Como feminista de su tiempo participó activamente en instancias de diálogo público permitiendo que una cantidad amplia de sectores sociales, en su mayoría mujeres populares ligadas a grupos de izquierda comprendieran y asumieran su posición subordinada. De esas instancias de creación conjunta de saberes articuló un diálogo virtuoso entre marxismo y feminismo enriquecido por la mirada procesal histórica, pero sin llegar a confundir sociología e historia. Siguiendo a los Annales franceses explicó racionalmente y con una inteligibilidad progresiva la representación del sujeto femenino, sin recurrir a la obsesiva búsqueda de los orígenes. Por el contrario, avanzó en la exploración de la procedencia genealógica relevando los fallos y accidentes, la inestabilidad e inexactitud lógica de la acción política feminista (Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, 2010).

Ante la variedad de referencias foráneas en el pensamiento de Julieta Kirkwood, cabe preguntarse por el origen, la especificidad y aporte al feminismo Latinoamericano. Su pulsión feminista se asoma como rebeldía ante la necesidad de conformar una identidad colectiva de mujeres que abra la posibilidad de cuestionar el orden en tiempos de la dictadura chilena (1973-1990), exigiéndolo bajo el lema del movimiento feminista “democracia en el país y en la casa” (Tejiendo rebeldías, 1987b). Esta rebeldía basal en la constitución del sujeto femenino del feminismo (concepto de R. Braidotti) es lengua que cuenta una historia, cuerpo con experiencia, ideas y tiempo vivido como afirma Raquel Olea (2008), que facilita la intervención del texto sociológico convirtiéndolo en un nuevo lenguaje. Pero aquí no retomaré la idea de rebeldía de Julieta como estrategia textual que abre una fisura en el decir referido a la constitución del sujeto (masculino) y el decir de las ciencias. Tampoco indagaré en el cruce entre mujer y política destacado por Alejandra Castillo (2007) del cual nace el feminismo de Julieta en tanto política del nombrar y nombrarse mujer como medio para la elaboración de un discurso político capaz de reclamar la igualdad en el espacio democrático. Ni abordaré como plantea Kemy Oyarzún (2004) el posicionamiento del sujeto desde su identidad fluctuante e inscrita en la enunciación de experiencias femeninas. Más bien me centraré en una discusión sociológica sobre la influencia de esa rebeldía en la constitución social del sujeto femenino y las posibilidades reales de conducir procesos sociales más allá de la subjetividad de las mujeres. En otras palabras, si la rebeldía feminista (en un sentido subjetivo) conduce inevitablemente a un rebelión (en un sentido social). Es una reflexión próxima a lo planteado hace muchos años por Virginia Vargas (1989), acerca de la instalación social de la rebeldía de las mujeres en aras de la transformación de su opresión. Y tal como lo hizo Julieta en su tiempo, me situaré en un lugar y tiempo específico, desde la expresión y simbolismo de América Latina.

Una precisión más. Es cierto que los actuales caminos del feminismo son más sinuosos que en el tiempo de Julieta debido, en gran parte, a la emergencia del pensamiento de la diferencia y de nuevas prácticas socio-culturales y políticas favorables al  cuestionamiento del discurso sobre el sujeto mujer, ya que sería una representación de los cánones tradicionales del pensamiento científico. Pero también la pregunta acerca de su constitución y las contradicciones de sus significados sigue estando vigente no sólo por la fragmentación irrenunciable e irreconciliable de la práctica política feminista de sus protagonistas, sino también porque desde el tiempo de nuestra autora aflora sin desvanecerse un malestar enquistado en la identidad del feminismo y en sus efectos como proyecto racional de cambio social.


·         La rebeldía en la constitución del sujeto femenino

Una primera aproximación a la idea de rebeldía remite al movimiento en un espacio definido. Desde distintas disciplinas se plantea el desplazamiento de un estado inicial derivado del enfrentamiento de fuerzas (sociales, racionales y emocionales) opuestas sin determinarse su superación. Un buen ejemplo nos otorga la lingüística y la sociología.

En el pensamiento de Julia Kristeva (1999), la rebeldía, contenida en un espacio y tiempo, puede comprenderse como el rebasamiento del texto al introducir la experiencia desde el principio del placer y la posibilidad de instalar un sentido nuevo de la alteridad. Ambos componentes conducen al pleno reconocimiento de la experiencia rebelde en el lenguaje. Tras analizar la obra de Aragón, Sartre y Barthes, Kristeva plantea la rebeldía como una oposición a la identidad (sexual, de sentido, de la idea y de la política, del ser y del otro) no reductible a la razón, pero sí necesaria para la supervivencia de lo simbólico. Esta rebeldía tiene un componente biológico y psíquico capaz de otorgar un cierto proteccionismo que cada tanto se libera, se renueva y se goza para la propia reproducción. En un frente distinto, la sociología asume la rebeldía desde la acción de los individuos fuertemente teñida por el contexto político-histórico. Virginia Vargas (1989) toma el concepto de rebeldía de Julieta Kirkwood entendiéndolo como la expresión que le compete al oprimido en tanto llamado a resistir y transformar la situación de opresión vivida superando su enajenación mediante del desarrollo de una conciencia como sujeto autónomo. En ambas versiones, se produce un punto de inflexión que contiene la posibilidad de cambio, delineándose su orientación, pero sin indicar necesariamente sus resultados.

Para Kirkwood (1987a) la rebeldía nace de ese movimiento, de la toma de conciencia de la existencia de una contradicción entre la realidad vivida  (en la clase social, las relaciones de género, el poder de una autoridad y la discriminación de un grupo) y los valores y principios basales de la cultura occidental moderna (justicia, solidaridad e igualdad). El punto de partida es la presencia de un sujeto informado que toma conciencia de sus derechos y actúa en su nombre. Pese a situarla en un contexto específico –sociedad moderna- puede extrapolarse a tiempos y espacios distintos. La historia de la humanidad no sería otra que sucesivas luchas por la conquista de los valores propios, siendo el motivo último de todas las rebeldías.

El proceso rebelde en las mujeres supone un tránsito de gran sofisticación, ya que involucra la transvalorización de los fundamentos del ser, sus significados tradicionales - sacralidad de la maternidad en tanto sacrificio y entrega a los hijos y a los otros en general - valorada, pero subalterna a los de una sociedad de libres e iguales. De las alabanzas y al mismo tiempo descrédito de su condición femenina, de la palabra del otro objetivada a la construcción de su subjetividad emerge la ansiedad de la lucha y la necesidad de cambiar su propia significación. No es raro que en este proceso emerja la ambivalencia emocional, motor de la acción del sujeto: “una parte de cada una de las mujeres experimenta frustración, insatisfacción constante (impaciencia del hecho entre teoría y práctica) y, otra parte experimenta satisfacción de la ansiedad, por correspondencia entre práctica concreta y principios (respuesta sagrada de la madre que cumple su rol)” (Kirkwood, 1987:66).  La mujer rebelde traspasa su condición sagrada, impuesta e inmodificable a una condición humana, propia y racionalmente construida.
Pero este proceso personal es ante todo colectivo. No se trata de una rebeldía individual sino más bien de una rebeldía social donde la mujer se convierte en sujeto y se percibe a sí misma como miembro de un grupo desde el cual recoge información para la toma de conciencia y una posterior acción con sentido. La subjetividad no es más que la elaboración de la identidad de género como oposición y resistencia puesta al servicio del colectivo. Mencioné que Kirkwood considera la toma de conciencia como la constatación de profundas diferencias en el ejercicio de derechos y los postulados teóricos asociados a la titularidad. Sin embargo, ella va más allá al cuestionar la extensión de los principios ilustrados de la revolución francesa a la realidad vivida por las mujeres que aún son discriminadas del pacto social.

La rebeldía cruza el universo de significaciones y se instala entre las vivencias políticas y sociales. También es un freno impuesto desde las mujeres para la detención de los mecanismos perversos inhibidores de su identidad y su injerencia en las decisiones políticas de su comunidad. No se trata tanto de una concientización sustentada exclusivamente en la razón, sino más bien una pulsión convertida en acto que llega a tener sentido, punto desde  las creencias despiertan las diferencias y conducen a la liberación. De esta manera, su raíz brota del proyecto moderno instalándose, finalmente, en una apuesta crítica a él.

La secuencia racional de concientización – liberación llevada por las mujeres- es un acto autónomo de la injerencia de los hombres, su colaboración no hace más que potenciarlo, pero sin llegar a producirlo. El desarrollo de ese proceso, señala Kirkwood (1987b) se constata en la experiencia cotidiana y va unida a las otras liberaciones en niveles distintos. El primer nivel de carácter personal consiste en la recuperación del propio ser femenino y del reconocimiento e identificación con otras subjetividades femeninas semejantes. El segundo, de tipo social, conduce a la acción articulada entre mujeres. En ambos y como fundamento de continuidad del proyecto personal, Julieta insiste en que las mujeres se reserven el derecho de exigir la autonomía de su propio ser. De ahí su gran prudencia ante la participación en los partidos de izquierda, los que aun cuando tienen un discurso igualitario y portan la consigna de liberación humana, habrían relegado a las mujeres de la lucha principal apartándolas de intereses y proyectos de sociedad, pero las incluyen en los términos necesarios y funcionales a la liberación de los hombres.

De la conciencia de la rebeldía se pasa a la acción. Para Kirkwood (2010), la constitución del ser sujeto femenino del feminismo se concreta en la unión mujer y política, no tanto al alero de los partidos políticos que cuentan con departamentos femeninos, sino más bien en la elaboración personal de la propia política. En ese hacer se produce la conversión de las mujeres en sujeto. La unión entre ellas tejida en jornadas, reuniones, congresos o investigaciones no son un preludio de la constitución del sujeto femenino, sino el proceso por el cual se decanta. El ‘hacer juntas’ mediante la reflexión dialógica encauza la trama del sujeto colectivo que, rechazando el presente de dominación masculina elabora una nueva conciliación con la cultura, la historia y el poder. Su propuesta feminista es, tal como señala, contra-cultura, contra-dominio, contra-lenguaje y también contra-poder. Mientras dicha conciliación brota del conocimiento y desestabilización de lo producido, también requiere un arreglo para la construcción de una vida social más plena.

Kirkwood (2010 y 1987b) piensa la política en un sentido distinto al conocido. En las mujeres, la política se expresa en un doble juego cargado de retroalimentación. Por un lado, es el derecho a opinar, a cuestionar y a proponer la disolución de la sociedad actual y la construcción activa de la futura. Y, por otro, significa la destrucción de la propia discriminación y explotación y la reconstrucción de su condición. Estar fuera del hacer política significaría un estímulo al dominio masculino y la reproducción de las estructuras de opresión.


·         La expresión de la rebeldía feminista en América Latina

La constitución del proceso colectivo de la rebeldía feminista es registrada por Kirkwood (1987a) como una posibilidad de realización concreta. La confluencia de ideales de libertad e igualdad de la izquierda, por un lado, y de vivencias de desigualdad y opresión, por otra, conduce inevitablemente a una contradicción plausible en los discursos públicos, en la familia, el mercado laboral, la participación política y social. Para nuestra autora es evidente que en la década de los ochenta existe información referente a esta contradicción y, por tanto, cierta concientización de los problemas que aquejan a las mujeres y son vividos por ellas desde un estado de impaciencia o exasperación. Cabe precisar que la rebeldía emerge en las mujeres de clase media con cierto nivel educativo y participación en la esfera pública, pese a los encuentros con mujeres de estratos bajos. Esta selectividad se asienta en los niveles de concientización de la posición subordinada y las probabilidades de su transformación. Si existe la posibilidad histórica de la rebelión, el paso siguiente es su encauce, es decir, llevar la reflexión teórica a la práctica social. Para ello, plantea dos salidas: la primera, incorporar a las mujeres al mundo de la política tradicional y esperar que las luchas progresivamente aborden sus problemas y, la segunda, incluir al debate político las nuevas significaciones y valores feministas. En ambas estrategias, según Virginia Vargas (1989) las mujeres pueden relativizar los conflictos, desconfiando del orden social y de las verdades impuestas, al tiempo que pueden asumir una nueva valoración de su propia individualidad y de su condición de género. Este ser - hacer feminista tarde o temprano conducirá a una concientización por parte de los hombres y a un ajuste real favorable a las mujeres.

La vivencia de rebeldía implica también enseñanza y aprendizajes, denominado por Kirkwood feminismo docente. Se trata de un conjunto de contenidos desarrollados por grupos organizados de mujeres para hacer frente y resistir los embates de la dictadura y el dominio masculino: deben aprender biología (descubriendo los límites de las diferencia nacidas de la herencia fisiológica y de la cultural), historia (hecha, elaborada y narrada por hombres, sin una presencia activa de las mujeres) y psicología (aprendizaje social de la pasividad y coerción en el cuerpo femenino).

La reelaboración de la constitución del sujeto femenino implica la posibilidad y la fuerza de reivindicarse en la cultura misma, mediante la acción coordinada entre mujeres impulsada desde el movimiento de mujeres. La expresión social de la rebeldía contenida en la obra de Julieta Kirkwood aborda al menos cuatro aspectos ineludibles y conectados: 1) la redefinición de la identidad personal y colectiva, 2) la demanda de derechos de ciudadanía, 3) la participación en la esfera pública y, específicamente, en la toma de decisiones de la comunidad política y 4) la generación de un proyecto societal. Todos o algunos han formado parte de la agenda de los movimientos de mujeres en América Latina. Revisemos brevemente cada uno de ellos y su  relación.

La constitución identitaria es la racionalización del ser mujer desde un locus específico: su posición social. Involucra una formulación reflexiva de lo que se es y lo que se desea ser, su sentido final es el reconocimiento del derecho a decidir por sí misma, de manera informada y reflexiva sobre su propia vida. Sin adentrarse en los derroteros conceptuales de la ciudadanía, Julieta esgrime los lineamientos basales de la demanda de derechos en un sentido amplio, es la búsqueda tanto de la titularidad como del ejercicio efectivo del derecho al divorcio, al aborto, a la autonomía económica y patrimonial, en tanto demanda específica, pero también la exigencia que la proclama universalista e imparcial de la ciudadanía se encarne en las mujeres. Este llamado es, sin lugar a dudas, a una participación activa en las decisiones que les afectan y que son tomadas en la esfera pública, realizable desde los partidos o el movimiento. En su conjunto, es una apuesta por la enunciación de un proyecto social y cultural alternativo al orden impuesto desde las mujeres mismas.

La instalación social de la rebeldía consistiría en un proyecto feminista convocante a las agrupaciones de mujeres para convertirse en punta de lanza de la transformación social, pese a la multiplicidad de intereses, sentidos y propuestas en nombre del movimiento de mujeres. Tal vez la pluralidad y amplitud sean las características centrales del movimiento en América Latina, incluso hace treinta años, en tiempos de Julieta. Tres son sus vertientes más destacadas a juicio de Virginia Vargas (1989): la primera perfila su acción a partir de su rol de madre asociado al bienestar familiar y la subsistencia, la segunda, desde su acción en espacios tradicionales de participación política y la tercera, desde la lucha feminista. La propuesta de Kirkwood se centra en este último grupo, siendo no obstante el primero el que ha generado mayor controversia dentro del pensamiento feminista latinoamericano.
Para autoras como Sonia Álvarez (1990) la maternidad ha sido un “referente de movilización de las mujeres penetrante y duradero” en América Latina. La identificación mujer-familia posibilitó la movilización de recursos y los consensos necesarios para la generación de reformas. Las demandas femeninas en nombre de la maternidad podían ir en direcciones contrarias, algunas garantizaban la reproducción de la desigualdad de género y otras exigían la conquista de los derechos por parte de las mujeres, pero ninguna tenía un tinte político específico. No obstante, eran demandas o reivindicaciones colectivas más que individuales. Maxine Molyneaux (2001) destaca el carácter social de los movimientos feministas y de mujeres en la región que han contenido una amplia gama de corrientes y activismo popular y comunitario, y cuya movilización y politización se basaron en el rol tradicional de las mujeres dentro de las familias. En tiempos de Julieta, las mujeres se movilizaron por la subsistencia de sus familias en las instancias comunitarias de los años ochenta que lucharon por la superación de la pobreza y la protección de los hijos ante las atrocidades cometidas por los militares durante las dictaduras del cono sur. No podría decirse, por tanto, que el rol de las madres ha quedado relegado o confinado a la esfera doméstica, sino más bien se proyecta a la comunidad (incluyendo estado y mercado) siendo un mecanismo de entrada a la esfera pública y de legitimación de sus demandas, eso sí, puede ser a costa de una total identificación mujer-madre.
Algunos grupos feministas rechazan el ‘feminismo maternalista’, esto es, el reconocimiento de la maternidad en sí misma, por considerarla una función de reproducción de la vida física, o el feminismo instalado en instituciones públicas reproductoras de la vida social. Desde el tiempo de Julieta, estos grupos de mujeres han estado preocupados por definir las fronteras del ser feminista incorporando o excluyendo ambas versiones (maternalista e institucionales) en función de su ideología. Un ejemplo claro ha sido el rechazo o negación de considerar feministas a colectivos de mujeres que impulsaban acciones públicas desde valores que defienden a la familia.
No obstante, la interpretación que reconoce a las mujeres únicamente como grupos oprimidos olvida los permanentes intentos de contrapoder y negociaciones fructíferas. La maternidad también puede transitar a significaciones más igualitarias y anclarse en espacios políticos. La maternidad en tanto cuidado está siendo entendida como un derecho ciudadano de recibir (a cargo de organizaciones públicas y/o privadas responsables) y un derecho a dar cuidado (permiso parental y combinar cuidado y trabajo tiempo parcial), tal como lo plantea Boje y Almqvist (2000). De esta manera, el debate sobre la maternidad asociada al cuidado se desplaza el debate del terreno esencialista de la maternidad al de la política y las políticas, combinando la fuerza movilizadora de la primera con cuestiones de derechos y justicia social de las segundas. Podría pensarse en este sentido y siguiendo a Francesca Gargallo (2006), que no importan los sectores que conformen el movimiento – sean madres, pobladoras, autónomas, institucionales - sino más bien las ideas que lo atraviesan y dan coherencia a la articulación feminista. Cabe preguntarse si estas acciones son impulsadas por una rebeldía feminista. En este sentido, las luchas de las madres por encontrar familiares desaparecidos o las pobladoras por la subsistencia indican una movilización política, aunque con ausencia de reivindicaciones feministas, exigen reconocimiento del sistema político para sus familias, sin constituirse en una búsqueda del sujeto propiamente tal.
El ser–hacer del movimiento desde la lucha feminista emerge con dificultades y contradicciones, sin embargo no modifica, a juicio de María Luisa Femenías (2007), la idea de comunidad imaginada o invento estratégico ficcional de mujeres latinoamericanas para la generación, encauce y defensa de lo que considera son sus intereses. El avance de este ser –hacer implica necesariamente la autonomía de las organizaciones de mujeres a nivel ideológico y organizativo, garantizando que los principios, intereses y propuestas del movimiento no se subordinen a otros grupos, clases e instituciones ni que las estructuras las atrapen y las hagan perder sus objetivos.
La institucionalización en la que desembocó la rebeldía feminista propuesta por Julieta al retorno de la democracia en Chile (1990) constituyó el primer indicio del posterior quiebre hasta ahora sin retorno de las diversas posturas al interior del movimiento. Esta incorporación al mundo publico-estatal tan anhelada por las activistas como posibilidad de transformación desde dentro de las instituciones masculinizadas significó negociaciones con avances para la situación de la mujer, pero no necesariamente en la construcción del ser sujeto femenino propuesto por el feminismo. Los grupos no institucionales (como las Cómplices a comienzos de los noventa) reclamaron para sí llevar el estandarte de la legitimidad de la rebeldía legada por Kirkwood, pero no sumaron a su propuesta la diversidad de grupos feministas lograda en la década precedente.
En ese escenario pareciera que la rebeldía propuesta por Julieta Kirkwood nace y se retroalimenta en la vida social (en la comunidad de mujeres), pero su institucionalización en espacios formales de poder como el aparato estatal (parlamento, ejecutivo, judicial), en la negociación y disputas llega a ser un desafío concreto debido a la oposición y avances efectivos en la autonomía de las mujeres y el mejoramiento de su posición social. El reto actual de la puesta en marcha del pensamiento de Kirkwood es el encauce de la rebeldía feminista en contextos democráticos donde las iniciativas institucionales en nombre de la igualdad de género han copado la agenda de mujeres sin una articulación con avances claros en una política feminista.

Bibliografía

Castillo, Alejandra 2007): Julieta Kirkwood. Políticas del nombre propio, Santiago de Chile, Palinodia.
Braidotti. Rosi (2000): Sujetos Nómades, Buenos Aires, Paidós.
De Beauvoir, Simone (1977): El segundo sexo, Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
Gargallo, Francesca (2006): Ideas feministas latinoamericanas, historia de las ideas, Ediciones en Bolivia, Venezuela y México.
Haraway, Donna (1995): Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza, Madrid, Cátedra.
Kirkwood, Julieta (2010): Ser política en Chile. Las feministas y los partidos, LOM Ediciones y Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile.
Kirkwood, Julieta (1987a): Feminarios, Santiago, Documentas.
Kirkwood, Julieta (1987b): Tejiendo rebeldías: escritos feministas de Julieta Kirkwood; hilvanados por Patricia Crispi, Santiago, CEM y La Morada.
Kristeva, Julia y Santa Cruz, Guadalupe (1999): Sentido y sinsentido de la rebeldía: literatura y psicoanálisis, Santiago de Chile, Editorial Cuarto propio.
Molyneaux, Maxine (2001): Género y ciudadanía en América Latina: cuestiones históricas y contemporáneas, en Debate feminista. 12, 23, México DF.

Olea, Raquel (2008): “Quiero con mi atrevimiento” Textualidad y rebeldía en Julieta Kirkwood en Nomadías, Norteamérica. Consultado el 23 de julio de 2013, http://www.revistas.uchile.cl/index.php/NO/article/viewArticle/12276/12601.
Oyarzún, Kemy (2004): Julieta Kirkwood, enunciación y rebeldías de campo.(En: Richard, Nelly, ed. Revisar el pasado, criticar el presente, imaginar el futuro),
Chile : Universidad Arcis, 2004, pp.129-142.
Rich, Adrianne (1985): Notes toward a Politics of Location. Women, Feminist Identity and Society in the 1980s: Selected Papers, 7-22.
Vargas, Virginia (1989): El aporte de la rebeldía de las mujeres, Lima, Ediciones Flora Tristán.



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